Pereza

Julio 4, 2007

 +++ Empecemos otra vez.

Algo ha sucedido en mi vida. Ha venido afectado por lo que otras personas han hecho, y a su vez ha tenido consecuencias sobre otros. A veces esa relación entre afectantes y afectados ha sido biyectiva, a veces no.

Ha sido grave. Por grave debe entenderse no necesariamente malo, sino con repercusiones importantes en mi vida y en mi concepción del mundo.
Mientras estaba ocurriendo, no hablé de ello con nadie, fuera de quien estaba directamente implicado. Escribí sobre las consecuencias más abstractas. Punto.

Después hablé con un amigo. Lo cierto es que lo hice porque se interesó por mi bienestar en un momento (raro) en el que mi introversión era algo menor. Así, el me conoció mejor, y me dio la oportunidad de conocerle mejor a él. En lugar de alguien que me caía bien, se convirtió en una persona extraordinariamente cercana, en un amigo muy próximo y en alguien en quien confío plenamente y a quien quiero muchísimo.

Qué buena suerte la mía.

Después hablé con un amigo de otro círculo distinto, y fue estupendo poder charlar del tema con tranquilidad con una persona que simplemente escuchaba y se interesaba por mi bienestar, sin entrar a hacer valoraciones, defensas o ataques a nadie.

Y luego no hablé con nadie más. No me gusta contarte cosas desagradables de gente con la que tú tienes buenas relaciones. Sobre todo cuando yo no he tomado aún una determinación sobre el tema.

Después hablé con dos personas que habían sido previamente informadas por otro lado, y que querían saber lo que yo tenía que decir al respecto. Con una de ellas la conversación fue interesante, como siempre. Con otra fue bastante más que eso, y esa es otra buena noticia.

Ahora que tengo las cosas más claras, podría contarle lo ocurrido a más gente del círculo. Pero me da una terrible pereza. Porque, como ya he dicho y sin que sea sorpresa ninguna, se me han adelantado. Es más o menos popular una cierta versión de los hechos que me flipa, y de la que curiosamente faltan algunos detalles muy divertidos por conocerse.

Qué pereza ir a buscar uno por uno, y explicar “te voy a dar mi versión de esto”. ¿Para qué? ¿Realmente es tan interesante? Si piensan que pueden ayudar, ya asomarán la cabeza y preguntarán“¿Estás bien?”. Si quieren saber mi punto de vista de las cosas antes de formarse una opinión, ya se acercarán y pedirán “Quiero oírlo de ti”.
Así ha sido antes, y me figuro que así seguirá ocurriendo.

Entre quienes no lo hacen , están los que no piensan meterse en camisas de once varas y no van a entrar a valorar nada que pueda obligarles a cambiar sus relaciones, conmigo o con quien sea.

CulebrónTambién hay quien no tiene ningún interés en tener más información, pues se toman este tipo de sucesos como un culebrón o un partido de fútbol. Como decía aquel hincha del Zaragoza que nos contaba Gorpik, “aquí no se viene a ser objetivo”. Soy, somos material literario, y nada más. Hoy puedes degollar a tu tía Jacinta, mañana puedes donar tu fortuna a los pobres. Tu superficial relación con ellos nunca correrá el riesgo de desaparecer o convertirse en algo más profundo. “Vengan esas cervezas”.

Y luego están los que me quieren y/o a quienes intereso. Que pase lo que pase, caminan a mi lado. Que condenarán mi comportamiento si piensan que es perverso, y me lo harán saber. Que me animarán si creen que voy por el buen camino. Que aunque tal como seamos en este momento no les gustemos , están de acuerdo, sin embargo, con nosotros.”

Salvo algún sorprendente ejemplo, no creo que ni siquiera ellos entiendan de lo que hablo, y mucho menos que me crean cuando digo cómo y por qué me siento como me siento.

Pero no hace falta, en realidad. Soy una mujer bastante feliz en este momento. Me basta con poca complicidad. No necesito tener un punto de vista popular. Ni siquiera entre las personas que para mí son importantes.

Convaleciente en algunos aspectos, pero feliz. Mis decisiones (o mi falta de ellas) me han llevado a lugares difíciles, pero allí he encontrado maravillas ocultas. Como en el pasado, me toca no lamentar nada de lo ocurrido, sino dar las gracias por el balance global. Qué cosas.

Tideland

Y ahora estaré mucho más dispuesta a hablar de lo que me ha ocurrido y de como me siento, porque no me sentiré una cuentapenas que va contándole su triste desgracia a quien se deje dar la tabarra. Y además liquidaré el tema rapidito, años de historia en veinte minutos lo más, y podremos hablar de otras cosas más interesantes. Por ejemplo, de por qué me siento tan afortunada. O de por qué ir a ver Tideland no está claro que sea una buena o una mala decisión.

[Emblogado] 

8 comentarios para “Pereza”

  1. capitannapalm escribió

    Yo, cuando tuve una situación no similar a la tuya, pero igualmente traumática, me dediqué a buscar a todo mi mundo y contarle mi punto de vista.

    No porque quisiera justificarme ante nadie, sino porque a la gente a la que se lo contaba me importaba, y me interesaba que tuviera opinión “from the horse’s mouth”

    Ahora sé que aquello fue una gigantesca pérdida de tiempo y de energía, pero en aquellos momentos sentía que era “lo que debía hacer” en mi fuero interno.

    Pienso que tu postura está, como siempre, fantásticamente bien articulada.

    Lo que pasa es que creo que deberías entender que todas las posturas para gestionar un problema como éste son igualmente respetables. Hay gente que cuenta penas, no a la primera oreja que escuche, sino a una persona o bien “handpicked” o bien a la primera persona que le preste genuina atención. Y cuando se termina el “mourn”, que se termina, todos, llorador y llorado, se conocen mejor. Que ya es algo.

    Pero efectivamente, estoy de acuerdo también contigo en algo: La mayor parte de las relaciones son “skin deep” y te das cuenta de ello en situaciones como esta.

  2. Rapunzell escribió

    “Lo que pasa es que creo que deberías entender que todas las posturas para gestionar un problema como éste son igualmente respetables.”

    Sin ofender, Capi, porque yo entiendo que para ti sea así, yo no estoy de acuerdo. Ojo, creo la que enuncias es en el fondo la opinión mayoritaria, y la mía es muy, muy poco compartida, lo que en cuestiones relacionadas con lo social puede ser considerado un fracaso.

    Precisamente, me he dado cuenta de que, al final, casi todo vale lo mismo en realidad. Creo que tú en eso eres muy honesto y lo declaras de partida. Conozco otros que se llevan las manos a la cabeza y se dan golpes de pecho por lo que haces, para acabar tomándose cañas contigo tan contentos al mes.

    Pero no, para mí no todas las formas de gestionar, ni esto ni otras cosas, son igualmente respetables. Ni todas las actitudes que provocan los comportamientos. Ni todas las posturas vitales. Ni todos los modos de relación. Qué se le va a hacer…

  3. Earendil escribió

    Bueno, yo estoy con el Capi con respecto a lo de la respetabilidad de las formas de gestión de problemas, básicamente porque es un tema íntimo.

    Aunque la gestión de problemas es, como todo lo que hacemos, algo que está expuesto a la vista y el juicio ajeno, es respetable porque básicamente es algo que le tiene que servir al implicado. Y al implicado, por regla general, no le van a importar demasiado las opiniones ajenas con respecto a eso, tema profundo y que pone en la palestra a muchas más cosas. Seguirá con la fórmula que le ha funcionado.

    No es objetivamente respetable (si es que hay algo que lo hubiere), sino subjetivamente respetado.

  4. Fantine escribió

    Yo siempre me he considerado mejor “oidora” que contadora de penas. Soy de las que prefiero guardarme mis problemas para mi, a veces por vergüenza a reconocer que también soy humana y que como tal tengo mis debilidades, a veces porque simplemente prefiero dejar los problemas pasar para minimizar sus daños. Eso ha provocado que en ocasiones me haya tenido que comer yo solita con patatas marrones de proporciones considerables, y pese a repetirme que la próxima vez contaré con los demás, acabo actuando igual, llorando en mi soledad y sonriendo cuando estoy con gente. Y es que no me gusta que nadie se preocupe por mi, o poder molestar a alguien con mis comeduras de tarro.
    Sin embargo me encanta escuchar a los demás e intentar ayudar a quien tiene problemas. A veces sin tener que decir nada, simplemente sien do su hombro donde llorar, otras intentando dar mi punto de vista. Cada situación tiene sus circunstancias.
    Por esta forma de ser, cuando estaba en la facultad, un grupo de “amigas” me dió la espalda. No podían entender que yo fuese tan hermética para mis cosas, y me acusaron de ser mala amiga por no confiar en ellas. Peor para ellas, se perdieron una gran confidente :P
    Así que ya sabes, jamás te voy a juzgar por contar o no contar lo que te suceda. Si surge la conversación sabes que tendrás quien te escuche, te apoye y, si cuadra, intente aconsejarte. Si no, bienvenida a “mi mundo”, nos tomamos juntas esos martinis y tan contentas :)

  5. capitannapalm escribió

    A mi no me puede ofender nunca la opinión de nadie, aunque no la comparta.

    A mi la opinión que pueda tener la gente sobre mi, o lo hipócritas que puedan ser en su relación conmigo, me importa en relación directa a lo que me importa la gente que la emite o me juzga. Y si es una opinión sobre algo que yo considero parte de mi catón existencial, aunque sea mi madre o mi mujer, me importa tres cojones lo que piensen. No te digo ya la opinión del resto del mundo.

    A mi no me gusta en general juzgar a la gente, aunque suela tener opiniones bastante formadas sobre casi todo. Que no quiere decir que sean correctas.

    En realidad estoy con el marino, conviene ser consciente de la propia subjetividad de casi todo. Empezando por tus propio sistema de coordenadas. Pero mientras no tenga nada mejor, estos son mis campeones y me voy al infierno con ellos.

  6. Rapunzell escribió

    Siento si el “no te ofendas” te ha sonado mal. Sólo he pretendido quitar hierro a una declaración que es fácil entender por el lado malo.

    Pienso que “ser consciente de la posible subjetividad de casi todo” es una buena receta. No veo por qué eso debe conducir necesariamente a que todos los comportamientos sean igualmente válidos, que es la mayor que yo (“yo”, insisto) niego.

    No os voy a dar la chapa con eso. No me estoy metiendo con vosotros. No me estoy subiendo a ninguna escalera. Mi sistema me parece mejor que el vuestro, claro, porque si me pareciera mejor el vuestro tendría el vuestro y no el mío. Y no pretendo que os importe ninguna cantidad de gónadas lo que digo o dejo de decir.

    Por el contrario, a mí lo que vosotros tengáis que decir sí me parece interesante, y una vez más os agradezco la participación en este blog. A mí sí me importa la opinión de las personas que yo aprecio se forman sobre lo que hago o digo. Si valoro su sensatez, me sentiré más acertada en mis ideas cuando estén de acuerdo conmigo y me harán preguntarme si mi razonamiento es incorrecto cuando no lo estén. Las opiniones ajenas me dan perspectiva, esté de acuerdo o no, y me interesa escucharlas (por eso este blog tiene habilitados los comentarios). Para mí es un input muy interesante, que ayuda mucho a no cocerme en mi propia salsa.

    Y después, tanto si les gusta como si no, procederé como yo estime oportuno, y tendré mucho cuidado en que mis decisiones sean las que yo pienso que son correctas, independientemente de su popularidad.

Escribe un comentario