Relatos canónicos

Julio 2, 2007

+++ Stephen Jay Gould es el autor de Acabo de llegar, otra recopilación de sus artículos de divulgación científica.

Uno de esos artículos se titula “La carta de Jim Bowie y las piernas de Bil Buckner”, y en él repite una temática que creo que le satisfacía especialmente: el “desmontaje y revisión” de leyendas populares.

Jim Bowie fue uno de los defensores del fuerte en la batalla de El Álamo. Su muerte ha sido tradicionalmente aclamada en Estados Unidos como un ejemplo de coraje y compromiso hasta las últimas consecuencias, e incluso existen varios grabados que ilustran la leyenda y que muestran a un Bowie, postrado en la cama (durante el sitio de El Álamo enfermó, se supone que de neumonía o tisis) pero aún capaz de liquidar dos o tres soldados mejicanos con su arma. (De haber sido cierta la escena, hubiera supuesto un auténtico ejercicio de valentía más allá de la muerte, porque lo cierto es que su dolencia pulmonar se lo llevó al otro barrio antes del asalto final).

Jim Bowie, defendiendo el fuerte desde el lefcho del dolor. Jay Gould se basa en una carta, manuscrita por Bowie y dirigida al general Santa Anna, para enunciar la tesis de que la estrategia “victoria o muerte” era cosa de Travis, el otro comandante con el que compartía el mando, quien lógicamente se hizo cargo de él en su totalidad cuando Bowie enfermó y que tenía mucha menos experiencia en el frente, pero mucha más exaltación en el cuerpo.

La carta de Bowie, a pesar de no estar redactada en términos demasiado amables, revela una sensata disposición a parlamentar y encontrar una salida al conflicto, tal vez menos heróica que la que finalmente tuvo lugar, pero que hubiera permitido regresar a casa a una buena cantidad de hombres jóvenes en la flor de la vida. No te hacen una película por esa clase de soluciones, claro.

Hay más datos para desmontar parte de la leyenda de El Álamo, empezando por un Davy Crockett que no muere dando su vida hasta la última bala, unas motivaciones en los defensores de la “libertad de Texas” (incorporación a los EE.UU en realidad) relacionadas con mantener el comercio de esclavos, etc.

Pero lo cierto es que a pesar de las evidencias históricas en contra o, en el más favorable de los casos, de las dudas razonables, la leyenda de El Álamo sigue siendo un pilar de la cultura norteamericana sobre el valor, el compromiso y la defensa de los ideales.

Stephen Jay Gould incluye estas leyendas, tan parecidas unas a otras, en el grupo de lo que llama “relatos canónicos”. Estos relatos serían la respuesta a la necesidad humana de detectar patrones y esquemas literarios en los que encuadrar los hechos, aunque sea con calzador.

Y una vez declarada esta tesis, tras varios artículos publicados en los que se esmera en llevarle la contraria a este tipo de relatos, el señor Gould es capaz de dar esta explicación a la razón por la que a tanta gente (empezando por él) le satisface tanto esta labor de desmontaje:

“Echar por tierra las leyendas canónicas es uno de los deportes intelectuales favoritos por todas las razones usuales y siempre tan humanas del arte de superar a los demás, de agresividad en el seno de una comunidad que se niega la anticuada expresión de la genuina pelea a puñetazos, y el placer sencillo de conseguir los detalles correctos”.

Creo que ese argumento es no sólo una buena, humorística y honesta explicación para el interés hacia la revisión de “verdades no sometidas a falsabilidad” sino que es fácilmente adaptable a otros campos de discusión. Me veo reflejada en él, para lo bueno y para lo malo.

Y me gusta especialmente la serenidad con la que alude a ese placer sencillo de mostrar los detalles correctos, de deshacer los nudos del entendimiento y conseguir que el armazón de la verdad sea lógicamente sostenible. Una sensación que tiene su contrapartida oscura en la desazón y la inquietud que se siente cuando los hechos observados, las referencias históricas y la explicación recibida no encajan.

+++Finalizo con un enlace a un cuadro de Frederic Church, un pintor norteamericano de paisajes con una gran capacidad para la precisión al retratar flora y fauna. Quien esté interesado en su obra y pase por Madrid puede ver un par de cuadros suyos en el Thyssen, como tuve la suerte de poder hacer yo la semana pasada.

Este cuadro se encuentra en el Metropolitan de Nueva York. Se llama “En el corazón de los Andes” y también es objeto de un ensayo en “Acabo de llegar”. Mejora si se amplía y se observa en detalle.En el corazón de los Andes

[Enblogado]

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